El Mostrador: Columna de Joaquín Barañao: ¿Piedras, palos y frutas?

En un pasado nada de remoto, el actual Subsecretario de Relaciones Económicas Internacionales José Miguel Ahumada conversaba con Fernando Atria y la actual directora de presupuestos, Javiera Petersen. Criticaba una supuesta ortodoxia neoliberal, reflejada en atributos tales como nuestro Banco Central Autónomo, derechos de propiedad sólidos y acuerdos de libre comercio. Fruto de todo eso, remató, «seguimos con la misma matriz productiva de hace 40 años«.

Una acusación desesperanzadora. Pero, para que pueda seguir conciliando el sueño, le aclaro de entrada que es incorrecta.

A ver, no somos Finlandia ni Israel. Le miramos la espalda aún a lo lejos a las economías más avanzadas y las “piedras, palos y frutas” siguen siendo componentes importantísimos de nuestra parrilla exportadora. Y enhorabuena, hay que decir, porque son demandados por el mundo para, entre otras cosas, enfrentar el cambio climático. Pero de ahí a afirmar que la matriz es la misma que hace cuatro décadas median siete mares. La falta de perspectiva histórica de esa crítica es escalofriante.    

Se viene la letanía entonces. Téngame algo de paciencia.

En 1980 los servicios financieros y empresariales representaban solo el 9,6% del PIB, menos que otras tres categorías: manufacturas, comercio y servicios personales. Ahora acapara el 15,5%, un aumento de más de dos tercios. Esto no es una nota al pie de página: pasó a encabezar la tabla, nada menos. Así es, cuando nos hablan de economía chilena pensamos en cobre, vinos y salmones, pero la componente principal de nuestro producto interno bruto es, ¡sorpresa sorpresa!, servicios financieros y empresariales. Respecto al “palos y frutas”, no resulta conveniente soslayar que la porción agropecuaria-silvícola bajó de 7,7% en 1980 a apenas 3,7% cuarenta años después, menos de la mitad. 

La industria manufacturera, a su turno, se derrumbó desde el 21,5% al 10,8%, apenas la mitad. En efecto, el lejano oriente se ha vuelto la maquila del mundo, y nuestras viejas textiles o zapateras han bajado el telón ante sus incomparables economías de escala. Entiendo que para muchos esto supone un drama cuya reversión no puede esperar. Es una discusión a la que no me referiré. El único punto a subrayar es que evidencia un cambio, objetivo y enorme, en la matriz productiva. Si uno concluyese que esto supone necesariamente un problema (no es mi postura, aunque me parece atendible), para revertirlo es esencial no comenzar a elaborar desde diagnósticos equivocados.

Además de estos sustanciales cambios intracategorías, los hay intercategorías. Los arándanos eran una rara avis y hoy somos el segundo productor mundial; la avellana europea la conocíamos en la Nutella, si acaso, y ahora solo tres países producen más que nosotros. El salmón era una excentricidad noruega y hoy somos el segundo mayor oferente del globo. El molibdeno era poco más que ruido en la producción de cobre y hoy exportamos 1,24 miles de millones de dólares anuales, más que ninguna otra nación. 

Quizás el caso más bullado es el del litio. Al inicio de la década que hizo famosa a la familia Herrera era una especie de redondeo de la industria minera. Hoy, en cambio, es uno de los platos fuertes de SQM. En 2022, atizado por precios históricos, aportará más recursos al Estado que CODELCO. Este plot twist era tan inimaginable apenas un par de años atrás y tan pocos lo han dimensionado que lo repetiré para que le quede resonando en la mollera: SQM aporta más recursos al Estado que CODELCO, el núcleo de lo que Frei Montalva denominó La Viga Maestra de nuestra economía. Alguien podrá rebatir “bueno, pero siguen siendo piedras”. Es falso por dos motivos: primero, porque desconoce la enorme sofisticación que implica esa industria. En CODELCO han reconocido públicamente que el motivo principal por el que no produce aún ni una sola onza de litio a pesar de gozar de permisos desde hace ya cuatro años es falta de know how. Todavía están a la siga de socios que se peinen con la tecnología, porque explotar litio no es como salir a cosechar champiñones en el bosque cesta en mano. Segundo, porque no reconoce el salto desde el carbonato de litio de grado industrial al mucho más elaborado hidróxido de litio de grado batería, en que las impurezas se miden en parte por millón.

Otros minerales y productos forestales ofrecen también grados de complejidad que rara vez se aprecian tras el velo de galpones herméticos. Involucran nuevos productos o procesos destinados a reemplazar los combustibles fósiles en la movilidad o los plásticos en el “packaging”,  con decreciente huella hídrica, de emisiones y de residuos.

Otros bienes los conocemos hace mucho, pero en estos cuarenta años les ha cambiado la cara. El vino de esta estupenda franja de clima mediterráneo es casi tan antiguo como Diego de Almagro, pero es solo en las últimas décadas que evolucionamos de la primacía del pipeño a dignos competidores de los mostos de alcurnia del Viejo Mundo, California y Australia. Cosa parecida ocurre con la celulosa. Si no fuera así, ¿cómo explicaría Ahumada que al despunte de los ‘80 exportábamos 15,4 miles de millones (ajustado por inflación) y 40 años después la cifra se empinaba a 101 miles de millones? Solo mediante el arte del birlibirloque se podría defender que las exportaciones se han más que sextuplicado, sin cambios en la matriz productiva y en la misma área.

En 1980 este fin de mundo era un paria del turismo internacional, salvo para uno que otro argentino con sed del Pacífico. San Pedro de Atacama era un pueblo de atacameños visitado por el ocasional viaje de estudios y Torres del Paine un destino de aventura para un puñado de trekkeros avezados, casi todos chilenos salvo un puñado de buscavidas dispuestos a encarar imprevistos patagónicos. El Chile sin pandemia, por el contrario, recibe 5 millones de extranjeros al año, las recaladas de cruceros se cuentan en decenas, en San Pedro de Atacama los residentes casi no se advierten en la marea de backpackers, y Torres del Paine es parada obligada para cualquier senderista serio, al punto que ahora es recorrer la “O”  exige reservar con meses de antelación. 

Existe además un emergente ecosistema de innovación, casi por completo ausente en 1980.  Son ya cuatro los unicornios tecnológicos (valorados en más de US$ 1.000 millones) nacidos de él: NotCo, Betterfly, Crystal Lagoons y Cornershop. De acuerdo con el Resumen del ecosistema de emprendimiento de Chile 2022 se contabilizan también 48 ponies (US$ 10 millones) y un centauro (US$100 millones). Solo las empresas del portafolio Start-Up Chile generaron 26 mil empleos y otros 10 mil en el resto del mundo. Ojalá ofreciéramos sistemas tributarios, laborales y marcos regulatorios que los incentivara a crecer desde Chile en lugar de migrar hacia Delaware, pero ese es tema de otra columna.

¿Cómo generamos electricidad en 1980? El 64,5% mediante hidroelectricidad y el 35,5% vía termoelectricidad, casi todo carbón (aunque para 2010 la hidro, la gran carta renovable del momento, había bajado a un 36,5%, y la térmica subido a 61,5%). En 2022 otro gallo canta: gozamos de tanta energía renovable no convencional que a menudo no somos capaces de transmitirla y acaba por verterse. La primera semana de octubre de 2022, en forma inédita en nuestra historia productiva, la generación fotovoltaica lideró la inyección al sistema (19%), por sobre el gas (18%) y el carbón (16%). A quien vaticinara algo así en 1980 —cuando esta tecnología estaba circunscrita a satélites, calculadoras y poco más— le habrían buscando el tornillo suelto. Esto aparte del alud eólico, las centrales de biomasa, las mini hidro y una central geotérmica. Por supuesto, la médula de esta revolución se explica por avances acaecidos en otras latitudes más que por méritos propios (aunque los hay) pero obviar la metamorfosis es un error nada de inocuo. 

Desmentir consignas puede parecer un ejercicio estéril. Mal que mal, nadie va a recaudar los frutos de nuevas patentes o a cosechar los dólares de un exit por derramar toda esta tinta. No es así. Toda hoja de ruta requiere de una brújula bien calibrada. Poco y mal avanzaremos si navegamos con diagnósticos tan extraviados como los de Ahumada. 

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